Edificios destruidos. Torres desmochadas. Casas con el cielo por tejados. Iglesias con boquetes en las bóvedas y un esqueleto de arcos fajones como única protección. Pisos en los que un corte transversal permite ver las escaleras que en algún momento subieron a una planta superior.

Historias de familias viviendo en los sótanos y en las bodegas de las casas. Personas que no saben lo que está pasando en las calles de su pueblo, comunicándose a partir de agujeros, realizados en esas bodegas. Niños que nacen en las cuevas de detrás de las casas. Madres que no puedan dar a sus hijos más que un trozo de pan untado con agua o con leche que compraron hace dos semanas. Niños abandonados a su suerte y cuyas familias se rompen sin saber nada del destino de sus hijos. Francotiradores obligados a disparar desde su posición a todo objeto que se mueva delante de su campo de visión. Fosas comunes improvisadas en pozos cuya misión no era, ni de lejos, ser esa. Cuerpos tirados en medio de las calles durante días. Olor a putrefacción y cadaverina. Cuerpos quemados en las plazas para evitar la extensión de enfermedades.

Estas son las durísimas noticias con las que estos días nos levantamos al poner la radio en la mañana. Estas imágenes nos conmueven y nos dejan un vacío en el estómago, que hacen que cambiemos de canal mientras almorzamos. Estas imágenes nos cuestionan sobre cómo los hombres hemos sido capaces de llegar a este punto de barbarie por el simple hecho del control económico o político de una zona.

También historias para la esperanza, pocas; como la del niño que nació en medio de los bombardeos o la de esa familia que se reencontró con su hija después de semanas sin tener noticias suyas.

Siendo esto tremendamente doloroso, imposible de poner en palabras. Lo duro es que estas historias no son nuevas. El niño del que nosotros hablamos hoy no es Hassan, ese niño que ha salido en los diarios recorriendo mil doscientos kilómetros para llegar hasta Eslovaquia, sino que se trata de Josefina Cubel, una niña de 12 años herida e inconsciente que no se reencontraría con su familia hasta después de cuatro meses en el hospital de Alcañiz. Ese bebé nacido en mitad del frente de la guerra no se llama Veronika, ni nació bajo los cascotes de una maternidad bombardeada en Mariúpol. Nuestro bebé se llama Natalio Baquero y nació el 1 de septiembre de 1937, detrás de la Iglesia de Belchite.

Y es que las imágenes que estamos describiendo no son actuales, sino que son imágenes de algo sucedido hace 80 años. Son imágenes que los alumnos de 4º ESO hemos tenido la oportunidad de ver en nuestra visita al pueblo Viejo de Belchite a raíz de la semana cultural y el estudio de la Guerra Civil.
¿Cómo es posible que las imágenes que hoy vemos por la televisión y las historias que oímos en la radio se parezcan tanto a las que nosotros hemos visto en nuestra salida? ¿No deberíamos las personas aprender de nuestro pasado? ¿Cómo es posible que en un pueblo que fue masacrado por una guerra entre hermanos ocurrida hace 80 años, que trajo consigo una dictadura que perduró 40 años más, en la que la mitad de sus habitantes murieron durante la contienda, se ultraje, hoy en día, con más de 40 años de democracia, una placa conmemorativa que pretendía rendir homenaje a las víctimas sin importar su afinidad política? ¿No es uno de los objetivos de la historia aprender y comprender para no repetir? ¿No ha de servir la historia para darnos cuenta de las barbaries del pasado? ¿No tiene que ser la historia la encargada de tender puentes?

Preguntas martillean nuestro cerebro sin una respuesta cierta.

Alodia, nuestra guía, se despide de nosotros con una frase que dicen los ancianos del pueblo: que sus ojos no vean lo que los nuestros vieron. ¿Se cumplirá este deseo? En nuestras manos está.

Aquí os dejamos algunas fotografías para que podáis ver nuestra visita:

https://drive.google.com/drive/folders/1-GG2n_W9gtlAP_eDYeBVfEKHFGtOmyY5?usp=sharing

Dejar respuesta