Los alumnos de 3º de ESO estamos estudiando estos días dentro de la asignatura de Geografía la unidad que hace referencia a la Demografía. La verdad es que es un tema un poco arduo, ya que tenemos que realizar muchos cálculos y gráficos para después realizar análisis que nos permitan estudiar a la población. Esta semana hemos asistido a una exposición de fotografía sobre este tema en la Diputación Provincial:       Alma Tierra.

En ella el fotógrafo José Manuel Navia se ha dedicado a recorrer con su cámara la Península y captar la esencia de un término que hoy está muy en boga y es el de la España vacía o vaciada.

La exposición nos ha permitido poner cara a esos números que en clase nos parecen tan fríos. En ella hemos podido conocer las historias de gente que ha conseguido resistir en pueblos en donde las condiciones de vida son muy complicadas, la historia de la gente que paga los mismos impuestos que los oscenses, los zaragozanos o los madrileños pero que no tienen los mismos derechos; ya que en sus pueblos no hay conexión a Internet, ni  escuelas, ni médicos.

Silvia, la guía de la exposición nos ha contado la historia de algunos de los protagonistas de estas imágenes. Santiago Pena, por ejemplo,  que vivió 30 años solo en Estall, un pueblo de la Ribagorza. O Romana, que vive en las Tierras Altas de Soria y lleva en el pueblo, sola, más de 10 años, un pueblo en el que el agua está a 2 km. Cuando murió su marido, con el que llevaban como únicos habitantes de la aldea 50 años, su hijo la internó en una residencia en Soria, y ella al día siguiente se escapó para volver a su pueblo.

 Pero las historias no son solo de resistencia,  como la de Andrés, el personaje ficticio que Julio Llamazares creó como último habitante del pueblo de Ainelle en su famosa novela La lluvia amarilla, y que también, en cierta forma, está presente en la exposición. Hay historias de elección, de toma de decisiones importantes y pensadas. Ángeles Villacampa, por ejemplo, nació en Susín, un pueblo del Sobremonte altoaragonés. Estudió Magisterio en Huesca, ejerció como maestra y viajó por el mundo.

Estuvo  trabajando en París, y en un momento de su vida decidió volver a su pueblo para que el pueblo no muriera. Allí estuvo ella, resistiendo, hasta que hace un par de años murió a los ochenta y tantos años. O Belén Marqués, de Villafranca de la Sierra en Ávila, que marchó a estudiar ingeniería a Madrid y que, allí, encontró trabajo y tuvo a sus dos hijos; pero que en un momento dado decidió regresar a su pueblo, para retomar el negocio ganadero de su familia y en dónde, aplicando sus conocimientos técnicos de la Facultad, ha conseguido modernizar la explotación vacuna y ha encontrado una felicidad junto a sus hijos que en la ciudad no tenía.

En la exposición se muestran, además de pueblos que ya nunca volverán a estar habitados, pueblos vacíos o que en que mueran sus últimos moradores desaparecerán, imágenes para la esperanza como los pueblos en los que las corrientes migratorias están llevando a gente de otros países que acuden con sus hijos y que han hecho que las escuelas vuelvan a abrirse.

Si algo nos ha quedado claro es que la demografía no es un problema matemático, no se trata de la resolución de una serie de fórmulas, sino que debajo de esos números hay personas; personas con unas historias duras, personas con una historia de apego a la vida, de amor a lo suyo y de resistencia ante las adversidades. Historias de personas que toman partido, que toman decisiones complicadas y que arriesgan mucho por el cariño que sienten hacia sus orígenes: como dice el título de la exposición personas que son  el alma de la tierra.

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